Después de haber botado a veinte mil trabajadores, Chávez emprendió toda una campaña propagandística sobre cómo la riqueza petrolera “volvería al pueblo” pero, la realidad es, que él y su camarilla debieron vender su alma al diablo para hacer que la empresa pudiese continuar sin los experimentados trabajadores.

Siempre he pensado que la industria petrolera venezolana ha sido víctima no de una sino de varias conspiraciones desde los primeros días del gobierno de Hugo Chávez. Como la joya de la corona, el régimen le puso las botas a Petróleos de Venezuela Pdvsa desde el inicio. La desbancó de su experimentado y bien entrenado personal, para luego reemplazarlo por militares y políticos de su entorno.

Después de haber botado a veinte mil trabajadores, Chávez emprendió toda una campaña propagandística sobre cómo la riqueza petrolera “volvería al pueblo” pero, la realidad es, que él y su camarilla debieron vender su alma al diablo para hacer que la empresa pudiese continuar sin los experimentados trabajadores. Y siguió Pdvsa, claro, pero no para generar la riqueza que requería el país, sino para mantener al chavismo y su proyecto político.

Está muy claro que este régimen es capaz de destruir al país con tal de mantenerse en el poder. Eso está fuera de discusión. La pregunta real es, quiénes o qué intereses económicos estaban interesados en acompañar al comandante en llevar a la petrolera al estado en que se encuentra el día de hoy.

Porque desde que Pdvsa se dedicó a vender pollos, no había que ser un analista o conocedor consumado para saber hacia dónde se dirigía la muy vital empresa venezolana.

Por eso llaman la atención la conclusión de los connotados economistas Mark Weisbrot y Jeffrey Sachs, sobre de que son las sanciones las responsables de la caída de la producción petrolera. (El primero es co-director del Centro de Investigaciones de Economía y Políticas y el segundo investigador de economía y políticas públicas de la Universidad de Columbia). Al poco tiempo, debieron los economistas venezolanos Ricardo Hausmann, profesor de la Universidad de Harvard y Frank Muci de la Universidad de Cambridge, Ma., refutar la opinión de Weisbrot y Sachs. De acuerdo a los académicos venezolanos, los prominentes expertos se habían saltado unas cuantas páginas y significativos detalles del desempeño reciente de la petrolera. Y debo agregar que, viniendo la omisión de analistas de semejante calibre, se debe pensar que son éstas posturas deliberadas e interesadas.

Pero hay algo más, hay un tufo de que pudo haber sido una movida orquestada: a pesar de que Hausmann y Muci les respondieron con mucha rapidez, más cobertura mediática tuvo la periodista freelancer Anya Parampyl en Fox News, quien sirvió de altoparlante para la opinión de Weisbrot y Sachs. Pero ya estos manejos no deberían sorprendernos.

Sobre este lamentable episodio sólo debo decir que, después de la crisis financiera del 2007, se comprobó cuál era la madera ética de muchos serios y altamente pagados profesionales. En aquella oportunidad, hubo muchas omisiones y manipulaciones, y a pesar de que la economía como ciencia tiene una gran capacidad de predicción, ninguno de sus gurús vio venir la catástrofe financiera del 2007. Vale un paréntesis para decir que entre la crisis financiera y la crisis de opioides, el público ha estado cada vez más escéptico sobre la solidez ética de los científicos y expertos. Acciones como estas abonan a la presente actitud de desconocimiento de la ciencia y amenazan con hundirnos en la ignorancia.

Lo importante es saber que nada de lo anterior es fortuito. Como ocurre con estas industrias de energía y petróleo, hay mucha gente con ganas de ponerle la mano encima. Son codiciadas como el Halcón Maltés. Hay casos como el de Enron, que su bancarrota se debió a la falta de controles gubernamentales y a una corrupción desmedida y arraigada en la organización. Sin embargo, también puede haber actores interesados en llevar una compañía al despeñadero. Es por eso que, aunque es posible que una persona hunda a una empresa, siempre se debe sospechar de una conspiración, tratar de descubrir a esos actores bajo el manto de la invisibilidad.

En el caso de la caída de producción de Pdvsa, la cara visible es la del régimen y sus socios políticos. La no siempre tan visible es la de sus socios económicos. Pero esos mantos no son eternos, porque la codicia deja huellas.

Y que no se equivoque la gente sobre esto: las empresas de energía fósil aún son difíciles de reemplazar. A la energía alternativa aún le queda una enorme brecha por cerrar. Mientras tanto, Pdvsa sigue en juego, y eso lo debe tener claro quienes pronto se sumen a la tarea de recuperar el país.

Template by JoomlaShine